SEMBLANZA DE UN CRONISTA GRÁFICO: SALUSTIO BARRIOS SOLANO.

SEMBLANZA DE UN CRONISTA GRÁFICO: SALUSTIO BARRIOS SOLANO.

Judith Barrios Sánchez

Cuando llegamos a vivir en la Colonia Ajusco, la vida de mi papá era como la de la mayoría de los personajes del cine mexicano de los años cincuenta, atrapados en ideas y costumbres tradicionalistas que no dejaban lugar para una valoración adecuada de la mujer y la familia, ni mucho menos de la justicia social. El interés y la persistencia de mi mamá en encontrar una forma distinta de vivir su fe cristiana, la fueron llevando a buscar apoyo en los jesuitas que vivían en la colonia y atendían la capilla de La Anunciación, entonces hecha sólo de láminas de cartón y con piso de tierra.

La relación con los jesuitas fue transformando rápidamente la vida de mi familia. Mi papá comenzó a participar en los grupos que organizaba Fomento Educativo, una organización que promovía la educación popular y la formación de cooperativas, así como en las primeras comunidades eclesiales de base. Fue por ese tiempo cuando un antropólogo suizo que se había hecho amigo de la familia le regaló a mi papá su primera cámara fotográfica. A partir de ese momento, la cámara se volvió una compañera inseparable de mi papá en sus recorridos. Podríamos decir que la fotografía le permitió captar con más profundidad una realidad que sus ojos no hubieran logrado ver por su cuenta.

De esa forma, la memoria de mi papá y la de todos los que vivimos cerca de él, se fue enriqueciendo con las imágenes. Hay cientos de ellas que expresan el recorrido de Don Salus por los inicios de las CEB’s, los encuentros regionales y nacionales, las actividades de los colonos que trabajaron por hacer habitables unos pedregales que parecían inhóspitos, pero que nos dieron espacio y acogida para aprender a vivir en comunidad.

Esas experiencias impulsaron a mi papá a ensanchar su mirada: fue a Cuba y Nicaragua, a El Salvador y Costa Rica. Descubrió otras formas de vida y de sociedad que lo impulsaron a trabajar más decididamente en los espacios y grupos que primero mi mamá y después él se empeñaron en promover. La cámara se hizo imprescindible: registraba rostros de personas, grupos, acciones, paisajes y momentos que dan cuenta de un largo proceso por construir no sólo una colonia, sino formas de vida más solidaria.

Eso lo llevó a las montañas de Chiapas. Quiso ver y vivir de cerca los procesos que desencadenó la rebelión zapatista; hizo contactos que se convirtieron luego en amistades entrañables, para las que dejó de ser Don Salus para convertirse en el Hermano Salus. Organizó año tras año una caravana que llevaba solidaridad y esperanza a las comunidades de aquella tierra; varias veces llegaron a llenar un autobús, llevaron desde ropa y juguetes hasta bombas de agua y proyectos de cooperativas, algunos de los cuales todavía siguen dando frutos y, por supuesto, Biblias y fichas de reflexión para acompañar con la Palabra de Dios el esfuerzo por mejorar las condiciones de vida de una docena de comunidades indígenas. La cámara daba cuenta de todo eso, de niños jugando, de reuniones para organizar, de celebraciones religiosas, de una cooperativa de mujeres que hacen pan…

El trabajo creció de Chiapas a Guerrero, y luego a Oaxaca, siempre a comunidades de escasos recursos, donde parece que la miseria y la marginación no dejan lugar a la esperanza. Pero el recorrido del Hermano Salus daba cuenta de que la esperanza siempre es posible cuando alguien se decide a hacer vida la solidaridad a través de la calidez de las relaciones humanas.

Mi papá suele decir que las imágenes son historia y testimonio de vida. Yo creo que durante 35 años él lo ha demostrado, pero hay algo que también es necesario descubrir: sus imágenes son contagiosas de un espíritu que no se desanima en la lucha por construir comunidades fraternas: quien las mira se enciende de ese fuego  y no puede permanecer indiferente ante el dolor y la miseria.

Quienes estamos cerca de este cronista gráfico y del camino que han recorrido muchas comunidades deseamos que siga haciendo de su cámara los ojos de muchos que aprendemos a ver en sus imágenes que otro México y otro mundo son posibles desde la fraternidad y la solidaridad.

Me da gusto y agradezco a María de los Ángeles Fuentes y a Jesús Cruzvillegas porque tuvieron la iniciativa de proponerlo para que se le diera un reconocimiento a esta incansable labor en pro de los derechos humanos, así como al Comité de Derechos Humanos Ajusco y a la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal por respaldar esa iniciativa en este acto que hoy nos congrega para celebrar la vida y la esperanza. Que las imágenes que Don Salus nos ofrece en esta exposición fotográfica nos sirvan como sencilla muestra de que hay mucho que se puede hacer y se tiene que seguir haciendo por los derechos humanos de nuestra gente.

Gracias a todos por su presencia. Gracias, papá, por su mirada y su perseverancia en esta hermosa labor.

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